“Uno de los tesoros olvidados de Andalucía”. Eddi Fiegel, periodista especializado en reportajes de viajes, define así los encantos de Jaén en el reportaje publicado hace algo más de un mes en el “Daily Mail”, el segundo periódico más leído de Gran Bretaña.
Texto traducido por Ana José Gómez García
Mirando una fotografía de la imponente Catedral de Jaén, en el sur de España, usted podría pensar que se trata de ciudad histórica importante (un Milán, Santiago de Compostela o Rouen). Sin embargo, Jaén es uno de los tesoros olvidados de Andalucía, una ciudad que, a pesar de sus años de gloria como puesto estratégico durante la Reconquista cristiana de España a los moros, desde hace mucho tiempo, se ha visto apartada de las rutas del turismo.
La Catedral, uno de sus principales atractivos, domina el casco antiguo medieval, empequeñeciendo a los alrededores e imponiendo respeto y admiración en sus habitantes. Usted también encontrará impresionantes palacios renacentistas, iglesias y conventos en las adoquinadas calles de los alrededores. Otro gran atractivo de Jaén es el Palacio de Villardompardo, del siglo XVI, que alberga tanto una impresionante colección de arte primitivo y unos baños árabes del siglo XI, casi completos.
Ubicado en una pequeña y pintoresca plaza en lo alto de la Ciudad Vieja, las galerías del Palacio de la casa albergan más de 400 pinturas y esculturas, en su mayoría de artistas locales españoles, a partir del siglo 19.
El sótano muestra restos excavados de una de las antesalas de los Baños Árabes. Un gran arco de herradura árabe enmarca la entrada a los baños principales, una gran sala central con salas de frío y calor, cada una con su arco de entrada propio. La luz exterior titilaba a través de las claraboyas con forma de estrellas en los techos abovedados. Igualmente histórico es el castillo árabe de Santa Catalina, del siglo XVIII, donde nos hospedamos. Ahora es un Parador (uno de la empresa estatal de hoteles de lujo ubicados en castillos y palacios de toda España).
Se encuentra en una meseta y ofrece vistas espectaculares, así que es fácil ver por qué los moros se apoderaron de este sitio, es exactamente el punto de vista estratégico que elegirías para protegerte de los invasores. El interior es un parque temático gótico, con ventanas en arcos apuntados y tapices cortesanos que recubren el gran salón. Nuestra habitación tenía un balcón privado, también con vistas impresionantes.
La cena fue servida en el comedor elevado que, con su techo abovedado, candelabros de hierro y escudos heráldicos, daban más que un toque medieval. El servicio fue el esperado, aunque la comida se ha modernizado con los tiempos. Empezamos con una pipirrana (una especialidad local picante, a medio camino entre una ensalada y un gazpacho).
Después salmón mozárabe (salado-dulce, plato de influencia árabe de salmón, en una salsa de manzanas, albaricoques secos blandos y uvas pasas), con vino y tocinillo de cielo. Ya por entonces, las actividades del día (por no mencionar la rotundidad de aquel vino tinto) nos habían dejado listos para la cama.
A la mañana siguiente, podríamos haber escogido las dos horas de viaje a Córdoba o caminar entre las sierras circundantes, pero la piscina del Parador y la terraza panorámica resultaron demasiado tentadoras. Al anochecer logramos arrastrarnos colina abajo en la ciudad antigua para ir de tapas. Allí, la mayoría de los mejores bares de la ciudad, se concentra alrededor del laberinto de calles estrechas detrás de la Catedral, el más famoso de los cuales es El Gorrión.
Inaugurado en 1888, este pequeño bar con columnas greco romanas y piano de garito, es una mezcla maravillosa de la decadencia de fin de siglo, guarida de lugareños y salón del lejano oeste americano.
Nos “soplamos” un vaso de vino tinto de 25 años, servido directamente de un barril de madera. Una ganga por £ 2.70, el vino empalagoso y templado, tipo Jerez, venía acompañado de un pudding casero. Montadito de caballa (literalmente, “montado” en un pequeño trozo de baguette) y un plato de las aceitunas frescas locales.
Así es como originalmente se servían las tapas. Se podría pasar la noche, saltando de un bar a otro, y alimentarte sin tener que pagar un solo plato. Sin embargo, decidimos aprovechar al máximo el tiempo suave de otoño y nos apalancamos en la terraza de un café de la decimonónica Plaza del Pósito.
EL Bar del Pósito está especializado en tapas tradicionales con un toque contemporáneo. Jaén puede carecer de la sala Razzmatazz y de algunos de sus vecinos andaluces más célebres, pero si te va la calidad de lujo y una visión del patrimonio de España sin bullicio, este es tu lugar.
Fuente: Diario Jaén |